por Fernanda García Lao

el interpretador, número 31: julio 2007 / Ed. El Cuenco de Plata, 2007

ilustración de portada: Sidney Goodman

*

 

 

Uno
Brillaba y me hacía daño en los ojos. Cuando quise besarla no pude. Era católica. Empezamos a comer. Yo sentía un calor indecente rozando mis pantalones. La miré con lujuria. Ella sorbía la sopa con severidad. El pescado estaba crudo. La camarera me sugirió que pagara. Rosalin, que en realidad se llamaba Rosi, se levantó sin quitar la vista del pescado. Tenía las tetas imponentes y brillaba. Todo brilla desde que estoy con ella.
Al rato nos fuimos pero no me acuerdo de nada. Sólo sé que nos aburrimos bastante. Ningún deseo. Cuando llegamos a su casa hacía frío de nuevo y olía a cirios o salía humo por la ventana, no sé, algo humeante pasaba. Ella reía pero no sabíamos por qué. Se levantó y se fue directo al baño. Cerró la puerta y yo me levanté para escuchar. Hizo pis y una contenida ventosidad resonó exquisita, en la cavidad acústica del inodoro. Lo disfruté. Me gustaba encontrar errores en mis amantes. Esquivé un par de ideas y me volví a sentar. Ella salió del baño sonriendo. Se había lavado los dientes.

Me dijo que estaba feliz.
—Me gusta la gente simple y sin vueltas. Hablemos de tu familia. ¿Cómo se llamaba tu primo?
—Qué importa.
Rosalin me contó su vida hasta que me dormí.
—¿Un café?—. Le dije que no.
—Me tengo que ir, porque alguien me está esperando.
Ella lloró y no fui amable.
Rosalin sugirió: —¿Sólo te interesaba mi cuerpo?
Su nariz estaba encendida. Yo no.

Aleja era una mujer terriblemente incrédula. Tenía el pelo largo y descreído. Nunca sabía la razón exacta de las cosas y olía muy bien. Estaba dormida sobre un banco de plaza, vestida de enfermera. Yo me acerqué y me dormí con ella. A la mañana siguiente nos hicimos novios para no explicarnos nada. Caminamos hasta su casa. Nos sentamos muy cerca y nos
volvimos a dormir. Era una relación bastante difícil. Le dije “me voy”, pero ella no me creyó y no pude contradecirla. Me quedé diez minutos más.

Con Sarita fue diferente. Le gustaba pensar que era sensible. Me miraba con cara tierna. Además era mi prima. Sus nalgas eran muy alegres y olían a talco. A la mañana fumábamos marihuana hasta que nos moríamos de hambre. Comíamos demasiado. Nunca estuvimos muy juntos, pero siempre que miraba a la derecha estaba ella.

Al segundo día llegó su novio de Colombia. Charlamos animadamente y comprendí que todo había terminado. Me despedí.
—Jamás volveremos a vernos —dijo ella.
—No seamos solemnes —insinuó él.
—Escribiré —aseguré yo.

El novio me miraba. No sé, pero creo que le gusté. Cerré la puerta y bajé en el ascensor con una señora. Ninguno tenía llave y tuvimos que mirarnos. Pasaban los minutos y nadie entraba ni salía del edificio. Ella quería pelea y no pude resistirme. Comenzamos con una discusión alemana. Tenía parientes nazis. Nos reímos y subimos a su departamento.

Eres un hombre especial. Tienes cara de apio, pero no me molesta.

Yo me sentí satisfecho. Hicimos el amor violento simulando una batalla. Ella avanzaba y yo la sometía por la retaguardia. Después apagamos la luz. Entraba el sol por la ventana.

Era temprano para hacernos los dormidos así que nos pusimos a pensar. Me quedé en blanco. Me levanté y me preparé un té bien cargado. Ingrid suspiraba porque era germana. Su cuerpo no tenía sentido. Las piernas blancas y despreciables. Decidí llamar a la policía. Ella me miró exaltada. Volvimos a discutir.

—Eres un idiota —insinuó.
—No me gustan los secuestros —dije, señalando la puerta de entrada.
Cuando llegó la policía nos estábamos bañando. Yo negué todo. Ella quiso aprovechar la oportunidad para denunciar algo.
—No se me ocurre nada en este momento. Vuelvan mañana.

Les pagamos y se fueron. Cuando se hizo de noche comencé a sentir el aburrimiento. Ella también comentó algo.
—Me aburres.

Nos despedimos y bajé por las escaleras de servicio. Un señor muy serio estaba entrando en ese momento y se negaba a dejarme salir.
—¿Quién es usted?
—¿Y a usted qué mierda le importa? —contesté. Y tuvo que pegarme.

Al día siguiente me levanté algo cansado. No había nadie en casa así que canté y lancé mi cuerpo a la deriva. Salí a la calle y me senté a la sombra. Había una rubia con cara de buena. Por ella hubiera sido capaz de comerme un plato de sopa. Era vulgar pero tenía algo de gatita. Bigotes felinos y un gracioso cascabel en el cuello. Pasaron cientos de trenes pero no se iba en ninguno.

—¿Tiene fuego?

Supuse que deseaba besarme. Corrí enajenado y los pies me crecían hasta la garganta.
Era un hombre feliz. Nadie sabía nada de mí. Disfrutaba ofendiendo mujeres al azar. Me hacía el idiota para ganarme la confianza de la gente. Soy un estratega. Soy hombre. Tengo necesidad de dormir encima de alguien.

Me detuve frente a una relojería. Una gorda me sonreía desde el mostrador. Me tiraba besitos y me enseñaba su muñeca. Era agradable contemplar sus sebosos labios contrayéndose y estrellándose. Parecía un botellón de coñac. Le hice una mueca de desprecio y me alejé silbando. El sol se había posado en mis orejas.
Siempre me sorprendió mi capacidad para atraer a las mujeres. Porque no soy particularmente sexy y el tamaño de mis atributos ni se adivina a simple vista. Aunque no me puedo quejar. Tampoco soy un senegalés. Supongo que será mi cara de mala persona.

A las mujeres les encantan los hombres recios pero con un toque de sensibilidad. A veces me siento usado. Sí, las féminas me utilizan y yo las dejo. Los tiempos han cambiado. Ah, si me viera mi abuelo. Se sentiría orgulloso de mí. Él me pasó todo lo que sé. Un tipo con visión.

Así pensando me encaminé a la casa de mi novia. Era un poco simple, pero me quería tanto que no podía dejarla. Además su padre tenía dinero. Llegué a su casa y me abrió la criada, una vieja ácida, atestada de colonia familiar.

—Redes no está —dijo con maldad.
A este tipo de gente le encanta dar malas noticias.
—Bueno, dígale que yo tengo muchas cosas que hacer…
—Me imagino —se atrevió. Y cerró la puerta en la mitad de mi frase.

Indignado regresé a mi casa; pero aquel día mi vida se daría vuelta como una media. Mi sencillo mundo de soltero irracional se estaba derrumbando. Y yo no podría detener el tiempo y sus asquerosos designios.

Esperé la hora del almuerzo ejercitando mi orgullo en el baño. Era uno de mis pasatiempos favoritos. Ver deslizarse el semen por el espejo salpicado. En fin. Terminé con la actividad y me resultaba extraño que mi madre no se presentara a preparar la comida, como todos los días. Llamé al almacén y nadie contestaba el teléfono. Pensé en comer afuera, pero me apersoné en el local, a ver qué estaba pasando. Al llegar, encontré una ambulancia sobre la vereda, metida de culata y un cordón policial. Mi primo hablaba con un paramédico.

Mis padres habían muerto con una diferencia de quince minutos. Él, a las siete de la mañana, ella a las siete y cuarto. Los motivos fueron algo anómalos.

El forense contuvo la respiración por unos segundos, para después señalar:
—Sus padres se han desintegrado.
—Pero eso es imposible —contesté con los ojos muy abiertos.
—Ellos utilizaban un fármaco, una droga prohibida.
—¿Mis padres eran adictos?

¡Cómo fui tan necio! Por eso siempre sonreían, aunque llegara alborotado tras una semana de insensata diversión.

Estaba solo, sin familia, sin una profesión. Llamé a Redes. Su madre me dijo que había huido de la casa.

—¿Cómo pudiste ser tan necio? —preguntó con un tonito insoportable.
No pude responder. Colgué el teléfono como un autómata.

Por suerte, no tuve que iniciar los trámites del entierro porque mis padres entraban en una bolsita de supermercado. De papá me quedó el bypass, un diente de oro y el peluquín. De mamá, la dentadura completa, el clavo de la rodilla derecha y un juanete que no llegó a desintegrarse. Lloré amargamente con la bolsita en la mano, sin saber qué hacer con ellos.

Meses más tarde volví a sentir aquel vacío, aquel no ser nada ni nadie. Fue el día de mi boda. Rosalin había engordado y tenía unas enormes tetas. Avanzaba pesadamente por el pasillo hacia mí y todos nos miraban con amargura o con una sonrisa burlona en los labios. Arrastraba su traje de novia y su maduro vientre hacia el altar. Aquello era espantoso. Casarme. Era un idiota y ahora todos lo sabían. Un solo coito y cadena perpetua. Ni siquiera lo recordaba con exactitud. Ah sí, fue horrible. Cuando fuimos a almorzar ya la había preñado.

El cura declamaba con pasión y su verborrea salpicaba a todos. Pequeños verbos sagrados volaban displicentes sobre familiares y amigos; parecía un bombardeo sobre seres tibios y cansados. Todos soportamos a la distancia aquel sacrificio. Luego nos acribillaron con arroz y nos desearon felicidad sin mucho convencimiento. Nos dejaron ir. Mi suegra nos llevó hasta la estación en taxi. Mi cuñada me amenazó. Dijo que yo tenía cara de buitre y que si maltrataba a Rosalin, se encargaría de mí. Se aprovecharon de mi estado de duelo. En otro momento hubiera huido haciendo morisquetas o mostrando el culo en el atrio.

Yo había heredado una casucha en el pueblo de mi madre y allí fuimos de luna de miel. Rosalin estaba exultante. Sus brazos de forzudo me atrapaban y me arrastraban hasta la cama a cada rato. Poco a poco fui siendo absorbido por aquella mujer llena de grasa y de manos.

También improvisó una ridícula huerta en la parte trasera de la casa y milagrosamente aparecieron lechugas, tomates y zanahorias.

—No quiero volver a la ciudad —confesó una mañana —. Siempre quise ser vegetariana y acá no nos queda más remedio. Compraré una vaca con mi dote y tendremos leche fresca.
No pude contradecirla.

Por suerte me había llevado a mis padres conmigo, así que armé un recordatorio en mi mesita de luz. Y los tuve bastante tiempo, hasta que empezaron a molestar. Primero el peluquín, que parecía un animalito muerto, luego los dientes de mamá, pobrecita, que se llenaban de polvo y daba impresión limpiar el esmalte con el plumero. Terminé perdiéndolos con el movimiento de la vida diaria. Creo que el clavo de su rodilla lo terminé usando para colgar un espejito en el baño.

Como nunca me había gustado la idea de trabajar y allí Rosalin se encargaba de todo, yo dormitaba hasta el mediodía. La verdad es que esos meses previos al parto no fueron tan malos. Eso sí, su vientre era magnífico. Crecía como un río desbordado.

Un día me levanté a almorzar y descubrí que no estábamos solos. Un par de niños colgaban de sus copiosas tetas. Eran nuestros. Ella dijo que había escuchado un latido frío fuera de su cuerpo y que entonces los mellizos se habían precipitado al mundo.
Cosas de mujeres.

Pronto los chicos tuvieron dientes y aquel paraíso vegetal no fue suficiente. Vendimos la vaca y Rosalin armó un gallinero. Todo el mundo acudía a comprar huevos y hasta pudimos ahorrar. Instalamos el teléfono. El primero del pueblo. Mi mujer hablaba durante horas con su hermana, esa loca trotacalles que siempre estaba riendo.

Los niños crecían como salvajes. Nunca llegué a recordar sus nombres. Ni siquiera podía distinguirlos, a pesar de que uno era niño y el otro no. Ella era rara y miraba siempre de frente. El otro no veía nada y tuvimos que ponerle anteojos. Para distinguirlos en el relato voy a llamarlos Alfa y Beta.

Alfa siempre estaba callada. Tenía, sin embargo, aspecto de gerente o director de empresa, mirada altiva y desconfiada.

Beta era más gentil, aunque siempre andaba con el dedo en las narices.

Rosalin los vestía de amarillo para distinguirlos del resto. El paisaje era rico en animales y plantas.

Todos tenían una vida, excepto yo. El perro era muy natural y se encontraba a sus anchas entre nosotros. Pero yo, yo me aburría.

Era patético despertar ahogado por las pezuñas de Rosalin. La cama parecía una enorme balsa a la deriva. Terribles dosis de celulitis se desparramaban entre las sábanas. Yo me acurrucaba en el lado opuesto y rezaba para que ella se durmiera pronto. No podía soportar el contacto de su piel gruesa. Su tensa respiración de vaca en celo. Su olor abundante. Me hacía sentir impotente.

Creo que estuve al borde de una depresión, pero como nunca he tenido paciencia para mantener amarguras, me salvé. Decidí dar un giro a mi vida. Comencé a levantarme más temprano. Me afeitaba y colocaba después un sombrero de ala ancha, un poco ladeado, sobre mi incipiente calvicie. Convencí a Rosalin de comprar un automóvil, un Ford de color aceituna con asientos blancos, y cada tarde aceleraba sin asco por el camino de tierra.

Me hice habitué de un club que estaba en el kilómetro veinte. Allí saboreaba entre putas mi nueva existencia. Había una que era especial, algo curtida pero sensible, que se movía como una coctelera. Yo la llamaba Salsa Tártara. Decía que era artista y debía ser cierto porque me costaba varios billetes. Bueno, en realidad, pagaba Rosalin. Era mi pequeña venganza ante tanto despliegue. Ella era autosuficiente y eso no es bueno. Nunca esperaba mi opinión, ya casi ni me hablaba. Alfa y Beta tampoco me querían. Y el perro…

En fin, aquel desilusionado era una bestia en la cama de Salsa Tártara. No diré que la amaba pero esperaba sediento la hora de verla. Ella fumaba y se hacía la perdida. Me dejaba hacer cosas terribles. Yo mismo me sonrojaba por lo cerdo que podía llegar a ser. Mientras hacíamos el amor yo le gritaba puta y le tiraba de los pelos. Era como someter a todo el género femenino. Siempre me gustó pensar en una fila de mujeres en pelotas, listas para satisfacerme, encabezadas por mi cuñada. Soldaditas sexuales, con casco, entrenadas para mí. Todo eso pensaba cuando Salsa Tártara se desnudaba. Tenía las tetas firmes y llenas de orgullo.

Así recuperé algo de mí. Mi virilidad, que había sido puesta en duda. Todo estaba en su lugar. Después de fornicar con desenfreno tomábamos una copita de anís y yo me alejaba silbando y sintiéndome lubricado.

Sin embargo, en cuanto dejaba el Ford en la puerta de mi casa volvía a sentirme raquítico e incompleto. Puede decirse que llevaba una doble vida.

De pronto, Alfa y Beta cumplieron quince años. Aquello me debilitó y mis escapadas se hicieron menos apasionadas. Salsa Tártara estaba insoportable, casi tanto como Rosalin. Veíamos la tele o jugábamos a la gallinita ciega con los calzones quitados. Pero todo se desarrollaba entre bostezos y desazón.

Una tarde, al llegar a casa, mi mujer estaba esperándome en la puerta. Salsa Tártara había telefoneado. Estaba cansada de mí y le había rogado que no me dejara salir.

—Su marido es un lánguido. Hace doce años que lo aguanto.
—Hijo de puta —alcanzó a decir Rosalin.

Vendimos el Ford. Todo me era adverso. Descubrí que no sabía hacer nada. Con el tema de la doble vida, parecía que había estado ocupado. Pero al tener una sola, me di cuenta de que era un infeliz, casi pelado, sin amistades y con una familia prácticamente desconocida.

Alfa tenía un carácter insoportable y Beta era un afeminado. Se pasaban el día hablando del perfecta no sé qué. Un animal o una idea que vivía, según ellos, en el bosque. Yo sé que lo hacían para ridiculizarme, porque sabían de mi inocencia en temas científicos, así que los ignoraba haciéndome el deprimido.

Una mañana, muy temprano, apareció la desvergonzada de Jessica, que en realidad se llamaba Isidra. La hermana de Rosalin. Era una cosa delgadita y desprejuiciada que se paseaba por el bosque en paños menores. No parecía la misma. Sonreía como una menopáusica temerosa. Qué ironía, pensar que yo me calentaba en cuanto la veía. Fue mi inspiración para masturbaciones durante muchos años. Siempre la imaginaba con el fusil al hombro y un cigarrillo entre los labios. Yo comenzaba a desvestirla, mientras ella me insultaba.

Ahora dormimos a pocos metros y parecemos un asilo de ancianos. Todos sometidos por sus pobres pensamientos, el cuerpo deforme y penas de todos los tamaños. Gente con olor a cloaca. A pollito hervido. Antes todo parecía sencillo. Odiar o hacerse el pesimista. Ya no tengo ganas de nada. Ni siquiera tengo sueños, duermo y mi cerebro está como borrado por una gran goma que elimina mi memoria, mi deseo, mi imaginación. Supongo que mi cabeza se ha agotado. Debo haber superado mi capacidad, aunque no recuerdo haberla utilizado tanto.

Puedo quedarme mirando a un punto fijo con la mente en blanco durante cien años. A partir de ahora viviré como un viejo. Eso es, soy un anciano.

Rosalin había vuelto a brillar y sus destellos se divisaban desde el otro lado del río. Jessica terminó de desarticular a la familia.

Hubo algo parecido a una crisis familiar, todos dejaron de hablarse y se miraban con resentimiento. Yo, obviamente, nunca fui informado del hecho.

Al cabo de dos meses sólo quedábamos mi mujer y yo, si es que aquella rutilancia era mi Rosalin. Comencé a usar gafas de sol en casa, porque me deslumbraba.

Alfa estaba desaparecida. Algunos vecinos dijeron haberla reconocido en una frutería de los Alpes suizos. Otros aseguraban que estaba presa en una cárcel de mujeres en las orillas de algo terminado en oco.

Jessica se enamoró de nuestro perro y realmente no me extraña porque era un animalito muy sensual, con el cuerpo atrevido y bien formado. Se escaparon como dos inmaduros sentimentales.

El último en abandonarnos fue Beta, que tras un periodo de monaguillo, recuperó la razón para luego perderla del todo. Se hizo cantante en la ciudad.

No sé, realmente ellos nunca me interesaron. Eran unos intelectuales.

Mi antigua voracidad sexual había declinado hasta tales extremos que mi pene estaba desapareciendo. En su lugar dormitaba un miserable y obtuso centímetro de carne ajada.

Y debo decir, sin temor a equivocarme, que mi pene era Dios. Una mañana me di cuenta de todo. Cada uno tiene sus creencias. Se levantan iconos y rezos. Sin fe, nada tiene sentido, como diría mi primo. Quién puede afirmar que mi tótem vale menos que el suyo. La gente muere y mata por su Dios. Yo, por mi pobre pene.

Una noche me levanté, fui a la cocina, agarré un cuchillo y descuarticé a Rosalin.

La muy terca seguía brillando.

 

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