por Ariane Díaz

el interpretador, número 20: noviembre 2005

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Ha decantando en estos meses una nueva característica que reúne a los principales referentes de la intelectualidad progresista argentina frente al “giro a derecha” del gobierno K: un silencio ensordecedor sobre política nacional. En vez de la calma que precede a la tormenta, para los intelectuales social-liberales o popular-liberales, el momento de las proclamas republicanas o el anuncio de la revitalización de la política que vertieron en los primeros meses de la presidencia K se trató más bien del bochinche que precede al cómodo arrellanamiento en la tranquilidad “intelectual”.

Pero vayamos a una etapa donde fue en relación a la política que se definieron los proyectos intelectuales: los veinte años transcurridos entre el ’53 y el ’73. Relatar los sucesos y cambios políticos del período excede ampliamente el tema de esta nota. Pero señalemos algunos hitos del período en la historia de un ámbito particularmente sensible para el terreno intelectual: luego de la caída del peronismo, la tradición prevaleciente en la Universidad era la defensa de cierto “cientificismo” elitista, y sus integrantes, en el terreno político, se definían mayormente anti-peronistas. Pero, ejemplificando los profundos giros sociales y políticos dados en el conjunto de la sociedad, hacia los ’70 se había forjado una nueva tradición, opuesta a la del ‘55: era una Universidad donde se hacían fuertes corrientes políticas peronistas y distintas variantes de partidos de izquierda. Era la institución cuyos estudiantes habían protagonizado junto con los obreros el Cordobazo. Donde se habían dado experiencias como el llamado “Doble Poder” de Filosofía y Letras de la UBA o el enfrentamiento entre las “Cátedras Nacionales vs. Marxistas”, procesos que tanto en el terreno político como ideológico ubicaban sus proyectos en una perspectiva de revolución social.

En este marco, hablamos particularmente de un período donde fue adoptado el marxismo como referencia intelectual, aunque reivindicando distintas perspectivas y autores. Son los años del surgimiento de la así llamada “Nueva Izquierda” (1) y aquellos donde se forjaron y ganaron peso figuras y experiencias intelectuales que funcionan hoy como los principales referentes de esta discusión. No es nuestra intención dar siquiera un panorama de esos años sino tomar los casos de Contorno y Pasado y Presente para analizar planteos en este sentido que ya son clásicos.

I.CONTORNO: Sur, Sartre y después…

Una nueva genealogía

Roto con la “Libertadora” el frente único que hermanaba contra Perón a sectores heterogéneos e incluso tradicionalmente opuestos (desde la oligarquía más rancia hasta el PCA), comenzaban a plantearse las diferencias dentro del bloque antiperonista. La revista Contorno, que comenzó a editarse en el ’53, formada por jóvenes intelectuales en su mayoría provenientes de la revista Centro de la FFyL de la UBA, será una de las primeras que señale esta contradicción para sí y emprenda este camino de diferenciación.
Su trayecto en buena medida se dibuja como la contraposición a los planteos de la liberal revista Sur, referencia cultural y política importante de aquellos años. Esto no la reduce a ser su mera contraparte: las influencias de Contorno exceden a las de la revista de Victoria Ocampo, es decir, que en este camino de diferenciación, y empalmando con un proceso más general que se estaba gestando, Contorno fue sentando una nueva tradición.

Centrada en sus inicios en temas literarios, la política nacional iría cobrando peso hasta superar los temas culturales. El paso intermedio, y uno de sus legados distintivos hasta hoy, es el intento de reconstruir una historia de la literatura nacional, la que se irá organizando (sobre todo a partir del N° 5/6) a través de los sucesos de la historia nacional y de las respectivas posiciones políticas y de clase de los autores tomados, proyecto continuado aunque desde distintas apreciaciones teóricas en la evolución de ex-contornistas como Viñas, Prieto y Jitrik. Las distintas composiciones del equipo de la revista muestran también la influencia lograda, que va incorporando colaboradores a la dirección de la revista, así como también las diferencias políticas surgidas, expresadas en lo que no fueron siempre tanto rupturas como “alejamientos”. Sebreli pasa por ejemplo de la autoría de la “declaración de principios” inicial a una lejana y última sección de “Testimonios” en el Nº 7/8. Jitrik sí se aleja luego de la discusión sobre la enseñanza “laica o libre”. Pero veamos cómo fue este proceso en los puntos que propuse analizar aquí.

Uno de los primeros elementos de quiebre y reproches a Sur es su escasa relación con la realidad, aquello que el nombre elegido, Contorno, viene a contrarrestar. Para ellos, se atravesaba por esos años un tiempo de “desorientación”, donde era difícil “tomar posición”, pero en el que estaba “prohibido guardar silencio” (I. Viñas 1953). Tal crítica les significó el largo proceso de diferenciación con la generación anterior (2) y los llevó a postular una falta de referentes previos para ello. Se imponía la necesidad de construcción de una nueva genealogía donde encontrar su lugar (buscada por ejemplo en los homenajes a Arlt y Martínez Estrada), pero a su vez se criticaba el planteo generacional de Sur: “Lo que se proponen los jóvenes, más que cambiar la vida como quería Rimbaud o modificar el mundo como decía Marx, es sobre todo molestar a sus padres burgueses” (Sebreli 1953), es decir, un juego que no pasa de “rebeldía juvenil” más que una discusión seria sobre los presupuestos y debilidades que permitiera plantear un campo de acción distinto, objetivo que sí se propone Contorno.

El “denuncialismo” anunciado desde el primer número, como voluntad de ser la voz de los que no tienen voz, no sería una ubicación cómoda para estos intelectuales provenientes de una clase privilegiada y, según remarcan, viciados por esa procedencia. Allí entra con fuerza el problema de definición del intelectual. Para Contorno deberá ser una intelectualidad crítica, pero por sus antecedentes, marcada por la culpa. David Viñas dirá, diferenciándose de quienes buscaban en el “otro” su chivo expiatorio: “Hoy la culpa es de todos, y es necesario escribir y vivir como culpables […] Los otros somos nosotros mismos” (Viñas D. 1954 b). El lugar del intelectual, preocupación que se encontraba desde el primer número en artículos como “La traición de los hombres honestos” de Ismael Viñas(3), se ubicará así bajo el signo de Sartre. De tal ascendente es la adopción de esta versión del intelectual comprometido, vocero de los oprimidos o excluídos, no neutral sino situado histórica y socialmente, interpelado a actuar, y por tanto, un intelectual que tiene las “manos sucias”: “individuos que escriben mojados después de la lluvia, no como aquellos que se pretenden secos, intactos, y señores de todo el Universo” (Contorno, 1956).

Un eje que se mantendría a lo largo de sus tiradas y que utilizarían en otras polémicas es que el panorama nacional se mostraba mucho más problemático que las simplicidades manejadas en Sur: una historia basada en dicotomías que no acertaba a ver sus matices y novedades, visión unilateral que de largo se expresaba en la historia nacional donde todo lo bueno se ubicaba del bando elegido y “lo otro” era observado como el Mal Absoluto (de tal forma se caracterizaría en Sur, por ejemplo, al peronismo). Rozitchner en el último número resume las diferencias con la generación anterior: “el infierno son los otros” es el postulado literal con que los intelectuales de la generación previa se manejaban, pero en Contorno se asumirá (como los personajes de A puerta cerrada, Sartre 1947), que lo son porque nos muestran las propias miserias (Rozitchner 1959). La matriz sartreana era ya una constante en la revista, que les servía para sustentar los cargos con que se enjuiciaba la intelectualidad que los precedía.


El divorcio con las masas

La relación con la realidad y la culpabilidad irán tomando valores políticos más concretos cuando llegue el momento de evaluar su ubicación frente al peronismo. La realidad de esos años era aquella marcada por uno de las reconfiguraciones más conflictivas y determinantes de la historia nacional: las masas, en su gran mayoría base del peronismo, intervenían en la vida nacional y aparecían como un factor político de peso. Su separación de las mismas no era tratable en los términos de una lógica falta de llegada de las ideas de izquierda a las masas desinteresadas en política en momentos de “paz social”, sino una contraposición directa en tanto esas masas defendían una “ideología” que ellos combatían por paternalista y reformista. En el N° 7/8 estallará esta discusión en la revista: mientras Rozitchner llamará a Perón “titiritero” y “Gran utilizador” (Rozitchner 1956), Troiani, más autocrítico, reafirmará que “las revoluciones que no se hacen con el pueblo no son revoluciones” en respuesta a la persistencia del discurso peronista ampliamente difundido entre las masas (Troiani 1956). Desde esta perspectiva, separar en el análisis a las masas de Perón en la búsqueda de una tercera posición, con más o menos autocrítica por haber sabido diferenciar esto previamente, será la estrategia elegida ahora y lo que hace predominar a partir de aquí la política.

El epicentro de discusiones en este número fueron disparadas por la apelación de Sur de noviembre de 1955, donde Victoria Ocampo llama a la unidad anti-peronista para reconstruir la situación en que el peronismo dejó a la nación: “Lo que acabamos de vivir ha demostrado la magnitud del peligro. […] aprovechemos una lección tan cruel y que hubiera podido serlo aún más si el impulso de algunos hombres que se jugaron la vida no hubiera intervenido de manera milagrosa. […] ayudémoslos con toda nuestra buena voluntad, con toda nuestra preocupación de verdad y de probidad intelectual” (Ocampo 1955).

La apelación abrirá dentro de la revista respuestas que, aunque ninguna favorable a Sur, muestran diferentes visiones sobre el peronismo. El Editorial se ubica una vez más contra las dicotomías establecidas cuyo “esquema” viene a romper el peronismo, reconociendo a la vez la falta de “herramientas” para analizarlo que arrastran. Los enfoques adoptados son diversos. Se incluyen desde perspectivas como la de Halperín Donghi analizando historiográfica y sociológicamente por qué el peronismo no es una vertiente del fascismo, hasta una ficcionalización de David Viñas donde se caracteriza a Perón como un experto demagogo al que responden unas masas casi animalizadas y la incómoda posición de un “espectador” fácilmente identificable con los contornistas.

Pero también se encuentran individualmente diferencias en la evaluación de las propias posiciones asumidas frente al ‘55. Mientras entre otros resalta que Ismael Viñas no ha modificado del todo sus esperanzas puestas en la Libertadora –incluso evaluando positivamente a los militares (4)–, ya desde el título del artículo de Troiani, “Análisis de conciencia”, se está planteando la necesidad de autocrítica de sus propias posiciones anti-peronistas. Del desarrollo de la nota concluirá que, mirando a Perón con “mala fe”: “a) no pudimos aceptar la mistificación peronista; ni b) la restauración oligárquica, su única alternativa; y que c) fuimos incapaces de organizar una posición revolucionaria […] No hemos legado nada. Ni un partido de izquierda, ni una hoja periódica audaz e inteligente, ni un libro encendido” (Troiani, 1956).

Masotta agregará un disenso más tajante, considerando que, como caracterización del peronismo, ello no distaba mucho de la visión liberal de la que querían separarse: frente a las dos opciones existentes, el anti-peronismo irremediablemente quedaba pegado a los planteos reaccionarios de Sur, porque donde “hay víctimas y verdugos, como se ha dicho, no se puede estar con los primeros sin hacerse cómplice de los segundos”. Masotta concluirá, en lo que parece una respuesta a Ismael Viñas que en el mismo número hablaba del “miedo” vivido durante el régimen peronista, que “el miedo es la contraparte o la otra cara del conservadurismo”(Masotta,1956)(5).


Izquierda y tercera posición

La discusión sobre la posibilidad de una tercera posición (6) pondría en el centro la discusión ya existente en el terreno cultural con la izquierda (7). A pesar de la referencia al marxismo que existía en la revista, la izquierda que les era contemporánea no les parecería una alternativa, considerada deudora de las ideas liberales. En el Nº 9/10 la discusión ya será en netos términos políticos, pero en los primeros números, la referencia sartreana cobraba otra ventaja para los contornistas: su independencia respecto al poder pero también su lugar diferenciado del PC francés les permitía jugar con una figura de intelectual que se ajustaba a su propio lugar. Hacia el último número de la revista algunos planteos remitirían a una teorización sobre la intelectualidad gramsciana, pero en la amplia mayoría de los autores de la revista, los planteos sartreanos seguirían siendo el eje (8).

En esta situación, el surgimiento del frondizismo les apareció como la posibilidad de un proyecto no alejado de las masas sin necesidad de hacerse peronistas, es decir, su anhelada tercera posición. Apoyaron su campaña desde la revista y uno de ellos incluso fue funcionario de su gobierno (9). En el Cuaderno de Contorno Nº 1 el análisis del peronismo está ligado a la esperanza en el frondizismo. En “Resollando por la herida” (Contorno, 1957), un texto donde se relata los conflictos abiertos con el ala derecha del mismo, puede verse cómo se figuraban su propia ubicación interna a él: no piensan dejar el frondizismo sino pelear por ser una presión de izquierda a su interior.

Pero la ilusión duró poco. Con la llamada “traición” de Frondizi, esto es, su corrimiento abierto a la derecha, cuyos epicentros fueron la discusión con la Iglesia por la política educativa (conocida como la discusión “laica o libre”) y los acuerdos con empresas imperialistas en que se “convirtió” la promesa desarrollista, las discusiones y divisiones se profundizan en el seno de la revista. El Cuaderno Nº 2 tratará aspectos de la política económica con un artículo de Ismael Viñas y otro de Liceaga más crítico que el primero, pero será en el Nº 9/10 donde Ismael Viñas dedicará un análisis detallado a la situación nacional en “Orden y progreso”. Allí se caracterizaba cada una de las posiciones y presupuestos de las fuerzas políticas desde la izquierda a la derecha, junto con un análisis de la estructura económica y social del país, cuya conclusión intentaba demostrar que la llamada “traición” estaba incluida en lo contradictorio del frondizismo como expresión de estas tendencias, y donde sin embargo ellos podían ser un polo que presionara a esas fuerzas hacia izquierda y evitara el giro a derecha en curso. Pero por los escasos artículos del Nº 9/10, último de la revista donde sólo escriben Ismael Viñas, Halperín Donghi y Rozitchner, para la mayoría de los intelectuales relacionados con la revista una vez más parece pesar la dificultad de hablar por una clase a la que no se pertenece y los consecuentes desvíos hacia políticas que terminan en desengaño, a lo que se le agregaba ahora las manos más sucias de haber participado o apoyado al propio Estado.

Detengámonos en este marco en lo que se diría de las organizaciones de la izquierda ya en esta última edición. Rozitchner insistirá en la deuda que ésta tiene con el liberalismo (no menos que la de los contornistas), pero será Ismael Viñas quien en “Orden y progreso” se ocupe de ella. Según éste, de sus tradicionales representantes, el PS y el PC, el primero estaba en un claro viraje derechista, y el segundo se subordinaba al liberalismo con ideas “fatalistas” de “progreso” histórico, trastocando su ventaja de perspectiva internacionalista en una embotada referencia única a la URSS como modelo, es decir, también aplicando modelos externos a los que quería circunscribir de forma maniquea la historia nacional (10).
Ismael Viñas también incluye en su extenso paneo a la izquierda trotskista. En primera instancia, y eso generalizará en sus propias conclusiones, considera mejor la lectura de Silvio Frondizi sobre la composición del PS (pequeñoburguesa) contra lo sostenido por Torcuato Di Tella. Más adelante, sin embargo, aunque parece conocer de primera mano las ideas que agrupa dentro de este sector, no le dedica a ella demasiada importancia, desdeñándola por sus constantes divisiones, a pesar de que sus planteos son significativos en tanto tienen una base real por la avanzada del movimiento obrero industrial nacionalmente, y por procesos internacionales como el de Bolivia. De allí deriva cierta verosimilitud, aunque exagerada, en las acusaciones reiteradas de “trotskismo” a posiciones radicalizadas que se expresaban en la realidad: “es difícil determinar con exactitud cuál es la influencia real de estos grupos, pero parece indudable que las vacilaciones del peronismo en la conducción del proletariado industrial y la desilusión causada a parte de los cuadros juveniles de clase media por el actual gobierno, ha provocado entre ellos una corriente de acercamiento hacia ellos”. Resumirá las propuestas de ésta alrededor de:

Todos ellos definieron al peronismo como una forma de bonapartismo, […] todos ellos señalan: ante todo, el preponderante lugar que toma en sus construcciones la presencia del imperialismo, preponderancia que llega a veces a obscurecer la presencia de la lucha de clases. Luego, la insistencia en que las burguesías nacionales no están capacitadas para desempeñar entre nosotros –es decir, en los países semicoloniales– papel revolucionario alguno, pues no están dispuestas a modificar las relaciones de propiedad. Como corolario, que solamente la clase obrera está en condiciones de dirigir la lucha por la liberación del imperialismo y de realizar las transformaciones de la revolución democrática-burguesa. Finalmente, que es necesario realizar la unidad de América Latina, pero que esa unidad sólo podrá realizarse por una revolución de contenido socialista, la que se dará por una Federación de Estados Obreros Latinoamericanos. […] Y, asimismo, que es imprescindible la formación de un partido obrero, cuyo objetivo debe ser la conquista violenta del poder (Viñas I., 1959).

El punto termina allí y pasa a otro debate. Ismael Viñas considera suficiente argumentar un peso escaso y discusiones “internas”, aunque muchas de sus ideas le parezcan estar “empalmando” con la realidad, para no dedicarles mayor discusión, siquiera para refutarlas.
El planteo general que dejará para el conjunto de la izquierda es una nueva forma de tratar el problema de su propio origen de clase y las contradicciones que éste supone para relacionarse con el movimiento obrero, incorporando al mismo problema en que se hallaban los intelectuales de Contorno a la propia izquierda: “No nos engañemos: la izquierda objetivamente está en el proletariado, pero nuestra izquierda conciente es fundamentalmente de clase media […] Unos y otros debemos tomar claro conocimiento de eso, animarnos a reconocerlo para poder superarlo”. Un intento de acercar a la izquierda a sus propios fracasos más que un corrimiento a la izquierda en base a una autocrítica política. Así como el planteo generacional tiene una base real pero en Sur escondía, como se iría explicitando, ubicaciones políticas claras, el planteo del origen de clase parece aquí también volverse metafísico justificador de las propias posiciones erradas.

La revista dejaría de editarse por estos años. Hoy sabemos que el intento de establecer una tercera posición terminaría en fracaso. Sin embargo, las discusiones alrededor de esta tercera opción serían el rasgo que la posicionaría como predecesora de las discusiones de la “Nueva Izquierda”: la crítica a la aplicación de modelos externos y la subordinación al liberalismo del PC serían retomadas en la década posterior.

Se acercaba la revolución cubana que le daría un nuevo cariz a la discusión sobre “lo nacional”: la perspectiva latinoamericanista, que será la marca seguida por varios de sus representantes. Este proceso tensionaría al máximo la relación intelectuales-política, con la discusión del intelectual “revolucionario” y ya no “comprometido”, acompañado por un sesgo anti-intelectualista creciente. Los intelectuales reunidos en Contorno ya no intervendrían como grupo, pero sus planteos en buena medida empalmarían como antecedentes de aquellos que en una nueva escala se plantearían para todo el continente y en muchos casos derivarán en un fuerte anti- intelectualismo. Los intelectuales reunidos en Pasado y Presente intentarían otra definición a través de Gramsci, ya de lleno inmersos en la nueva etapa abierta que culminaría en los procesos revolucionarios de los ’70.


II. PASADO Y PRESENTE: Uno busca lleno de esperanzas…

La ruptura con el PC

Para los ’60 el PC había evidentemente fracasado en ganarse a las masas peronistas una vez exiliado Perón, su apuesta en aquellos años(11). El PC argentino, por otro lado, había sido muy resistente al proceso de desestalinización iniciado después de XX Congreso, mientras afrontaba paralelamente la influencia de revolución cubana que no se ajustaba a sus esquemas y abría una prolongada discusión sobre la revolución por la “vía” guerrillerista. Incapaces de contener los cuestionamientos que surgían, se inicia un proceso de rupturas. Cruzado con ello, lo que se venía incubando hacia fines de los ‘50 en el terreno de la intelectualidad terminaría de nacer: con el impulso revolucionario de la situación social y política surgieron diversas experiencias en el terreno ideológico que funcionaron como polos (obligados interlocutores) a la hora de discutir las ideas de revolución que “estaban en el aire”. Un caso fue la experiencia del grupo Pasado y Presente (en adelante PyP) que tuvo la ambición de cumplir un rol ideológico dirigente dentro de una generación atravesada por fuertes discusiones estratégicas como la de los ‘60.

Representada por José Aricó en Córdoba y Juan Carlos Portantiero en Buenos Aires, animarán la revista junto con Oscar del Barco, Héctor Schmucler y Aníbal Arcondo centralmente.(12) Al igual que Contorno, PyP era heterogénea, aunque más cohesionada: reunía militantes provenientes de distintas experiencias militantes y contextos sociales, reunidos por su trabajo en los distintos emprendimientos ideológico-culturales que el PCA tenía y que no le sirvieron, pese a lo extendido pero apegado a la “doctrina oficial” stalinista que era su aparato cultural, para contener esta ruptura (años después caracterizará Aricó a PyP como una “tentativa inicial de trabajar en el interior del PC para contribuir a renovarlo”. Aricó, 1988:75).

La editorial del número que provocaría la expulsión del PC, del año ’63, se iniciaría con un largo editorial firmado por Aricó, “Pasado y Presente” (Aricó, 1963), en explícita referencia a Gramsci, como la revista.


Una vez más, sobre generaciones y clases

Utilizando categorías desarrolladas por Gramsci, Aricó plantearía ejes que retoman elementos abiertos por Contorno, reconocida como el antecedente más serio en querer saldar “el divorcio entre intelectuales y pueblo-nación” que PyP considerará también un eje central de la historia nacional. Emerge en ese sentido para ellos también el problema generacional, no desconociendo “lo hecho hasta el presente” por sus antecesores, pero identificándose con una nueva generación impulsada a “rehacer la experiencia de los otros, a construir nuestras propias perspectivas”. Aricó explícitamente discute contra aceptar la categoría de “generación” en reemplazo de la categoría de “clase social”, pero la primera encontrará aplicación si se la historiza: ellos no reconocen “maestros” por un lado porque las clases dominantes han perdido la capacidad de atraer a la juventud, mientras que “el proletariado y su conciencia organizada” no logra aún conquistar una hegemonía que se traduzca en una “dirección intelectual y moral”. Para ello no son apropiados, y es el marco en que entran las críticas al PC que se distribuirán en toda la editorial, los dogmatismos que “se creen depositarios de la verdad” y formas partidarias que consideran a la organización revolucionaria como “algo concluido”.

Las perspectiva será, respecto al marxismo, reivindicar cierta “tradición italiana” construida a partir de Labriola, Gramsci y Togliatti, como alternativa al marxismo del PC, “fatalista positivista y de materialismo vulgar”. La propuesta era, con el marxismo “militante” como punto de partida pero abriéndose a redactores provenientes de otras tradiciones políticas, convertirse en un “centro unitario de confrontación y elaboración ideológica”, superando las tendencias de la izquierda a los “esquemas predeterminados” que no logran dar cuenta del nuevo “contorno social”. Así el marxismo debe incluir los escritos y temas del propio Marx no aceptados por la “vulgata” del PC y a su vez, apelar a aquellos que fuera del marxismo traten las mismas problemáticas, con los cuales es necesario que el marxismo mayoritario de la revista “entable un diálogo”.

Reconociendo como Contorno los problemas que significa su procedencia de clase, lo que se intentará será el “enclasamiento” de los intelectuales, esto es, la atracción de los intelectuales “tradicionales” para “integrarse a las nuevas categorías que la propia clase crea a lo largo de su devenir”. Tomando ideas gramscianas, para PyP la “racionalización” capitalista, que crea una capa “tareas de organización y conexión social”, es la base también para el surgimiento de un nuevo “tipo de intelectual” que configurará una “intelectualidad orgánica de la clase obrera cuya naturaleza expresa, en esencia, una ruptura con la nueva relación entre teoría y práctica establecida por las anteriores formaciones sociales”, aspirando a un hombre que, no como especialista sino como “intelectual”, logre “posesionarse de la totalidad histórica, se transforme en un dirigente, vale decir, en un especialista más un organizador de voluntades, un ‘político’ en el más moderno sentido de la palabra”. Así también se definirá PyP: una revista política “en el más alto y elevado sentido de la palabra”.

Gramsci les proveería herramientas para pensar el lugar de la intelectualidad en esos procesos y su relación con las masas. Las propuestas de la primera Editorial son un intento de seguir sus ideas sobre los intelectuales “tradicionales” y “orgánicos” (13). El planteo gramsciano, que señalaba el error de analizar el problema de los intelectuales sólo por lo intrínseco de sus tareas y no por el rol social que cumplían, permitía encuadrar el problema de la función y posibilidades revolucionarias del intelectual identificando los “peligros” que en un desarrollo histórico podía suponer su procedencia, pero sin caer en las “culpabilidades” conque Contorno se había manejado. La dinámica que entre ambos establece Gramsci es que en “cada grupo que se desarrolla en dirección al dominio” es característica “su lucha por la asimilación y la conquista ‘ideológica’ de los intelectuales tradicionales, asimilación y conquista que es tanto más rápida y eficaz cuanto más rápidamente elabora el grupo dado, en forma simultánea, sus propios intereses orgánicos” (Gramsci 1932). PyP se planteaba cumplir ese rol articulador ubicándose como orgánicos de un proletariado que veían en ascenso en Argentina, un intento de forjar la necesaria “hegemonía intelectual y moral” y el “enclasamiento” en el movimiento obrero. Claro que ello suponía el problema del sujeto y la organización que PyP no encontraría fácilmente.


Un período de nuevos affaire

Durante los 9 números de esta primera etapa que concluiría en el ’65 (como una segunda época se publicarían dos nuevos números), con una dirección bimembre que se va ampliando hasta un numeroso “Consejo de Redacción”, los editores irán mechando artículos de propia autoría con numerosas traducciones de marxistas “heterodoxos” para los cánones del PCA, diálogos establecidos entre el marxismo y otras disciplinas, así como temas de crítica cultural. Rozitchner, Jitrik y Masotta, de Contorno, serán colaboradores en dos números (14). La salida del PC, sin embargo, no significó pocas contradicciones para el grupo. Mientras Portantiero inicialmente intenta fundar un nuevo grupo político, Vanguardia Revolucionaria, Aricó y el núcleo cordobés se mantendría agrupado por la revista pero sin fundar una nueva organización directamente política. Ello significó, según sus propias palabras, un largo “deambular detrás del sujeto político”: “vivimos esa situación con un sentimiento de culpa que creíamos poder apagar buscando desesperadamente un anclaje político” (Aricó, 1983). Si bien era una idea de la revista abrir debates más allá de la propia posición, considerando su papel de “revista política”, los autores y temas tomados durante esos dos años demuestran que fue amplio el deambular, sin mucha reflexión o autocrítica los abruptos virajes efectuados.

La definición del proyecto de la revista se había planteado bajo la influencia de Gramsci. Pero no sólo en ello PyP reconoce una deuda con el italiano. Como delimitación política, según describe posteriormente Aricó, éste les servía para separarse del liberalismo que atravesaba el propio PC (Aricó, 1988: 44) (15). Aunque no esté explicitado en la Editorial del ’63 sino a posteriori, el liberalismo sería problematizado también por la persistencia del peronismo, cuyo líder se hallaba para aquellos años exiliado, y cuya vuelta era un pedido que atravesaba al conjunto del movimiento obrero (acentuando la continuidad, aunque ya en otro marco, con Contorno). Años más tarde, en La cola del Diablo Aricó reivindicaría las discusiones de Gramsci contra Benedetto Croce como metodológicamente apropiadas para explicar el peronismo y romper las ideas que, como su puesta en relación con el fascismo y la consideración como puro “autoritarismo y manipulación”, habían “entrampado” a los opositores a Perón (Aricó 1988: 50). Salir de esa “trampa” resume el recorrido de PyP, desde el primer número en el ’63 hasta la diferenciación de una derecha e izquierda peronista, con la que finalmente PyP colaboraría en su segunda etapa setentista, aunque durante el período de los ‘60 la discusión giraba alrededor de las distintas vertientes comunistas producto de la desestalinización y las discusiones sobre estrategia abierta por la revolución cubana (como puede apreciarse por la inclusión del texto de Debray).

Tanto el peronismo como la revolución cubana planteaban una vez más la relación de los intelectuales con las masas, ya en esta etapa puesta en relación con la discusión sobre la dinámica de la revolución en los países periféricos. El problema nacional frente al imperialismo, abierto por los procesos revolucionarios del “Tercer Mundo”, y en Latinoamérica marcado por Cuba, será uno de los elementos clave de discusión en estos años, problema para cuya solución Gramsci les aportaría elementos de análisis (Aricó más tarde reconoce esto como otra deuda con Gramsci. Aricó, 1988:78). En el terreno de la discusión estratégica, PyP introduce entonces la figura clave de Gramsci y toma el “espíritu de época” de renovación del marxismo, pero siempre bajo el dominio estratégico de corrientes togliatistas, maoístas o guevaristas.

Los intentos de esa “búsqueda del sujeto”, incluiría hasta una breve experiencia de colaboración con el guevarista Ejército Guerrillero del Pueblo, con el que trabaron relación como “apoyo urbano” (Burgos, 2004:83). Con el fracaso de esta experiencia (en el ’64 el EGP fue diezmado), si en el Nº 7/8 de marzo de 1965, en la inclusión de un artículo de Régis Debray aún se notaba la influencia guerrillera, hacia fines del ’65, en su último número de la primer serie, se dibuja un viraje a las fábricas con el “Informe” sobre la situación en la FIAT precedido de “Algunas consideraciones preliminares” de Aricó, y el rescate de la “Encuesta Obrera de 1880” de Marx (sin una autocrítica o balance, como el mismo apologético Burgos debe reconocer, sobre este cambio). Hasta aquí llega el primer período de la revista que no se reabriría hasta 1973.


La construcción de un polo ideológico

Según responde Aricó en una entrevista del año ’83: “cuando en su primera época la revista no logró resolver de manera fructuosa el problema del anclaje político, y las debilidades del grupo impidieron continuar con su tarea de recomposición de la cultura de izquierda, se abre la alternativa de los Cuadernos” (Aricó 1983), esto es, para el año 1968, el inicio de una serie de libros publicados por la montada a tal fin Editorial PyP, que llegaría a 98 Cuadernos. Muchos de los títulos del “mercado editorial” marxista existente en nuestro país son obra de este proyecto editorial. Ligados a la creación de Siglo XXI, corresponde también a miembros de este grupo una edición y traducción de alta calidad en castellano de El Capital y de los Gründrisse.

No serían los Cuadernos la única actividad del grupo: en 1967/68, miembros de la revista colaboran con la fundación del PCR, ruptura del PC, de tendencia maoísta (16). De ello una vez más no se dirá nada cuando hacia el ’73 se abra la segunda época de la revista nuevamente señalando a Gramsci como su referente (17).

Además de la decisiva influencia lograda por los cuadernos, su potencia como “polo ideológico” se desarrollaría en el llamado debate “Cátedras Nacionales vs. Cátedras Marxistas” que también pertenecen a este interregno. Fue en 1970, en Sociales de la UBA cuando, en una especie de proceso asambleario, estas dos cátedras se turnaban en exponer debates desde su punto de vista ideológico, votando luego los alumnos entre una y otra. Varios intelectuales de PyP o relacionados a ella eran los que representaban la línea de las Cátedras Marxistas (sobre todo Portantiero) y fueron las elegidas mayoritariamente por los alumnos. El mismo H. González, de las Cátedras Nacionales, reconoce cierto sentimiento de “inferioridad” frente a ellos y relata la decepción que le produjo que, en el proceso de izquierdización de Montoneros, sus dirigentes buscaran más a los marxistas de PyP que a los que como él, habían sido desde siempre peronistas (citado en Burgos, 2004:188).

Matrimonios mal avenidos

Cercanos a Montoneros brevemente se reinicia la edición de la revista que sólo va a tener dos números durante el año ’73. Su Editorial, “La ‘larga marcha’ al socialismo en la Argentina” (Aricó, 1973) plantearía como ejes centrales:


– Que no pretenden ser un “sustituto de la práctica política” ni ubicarse por encima de ella, pero sí reivindicar “para sí, un espacio que considera legítimo, aunque el mismo sea mucho más ideológico que político a secas”.


– Una continuada apuesta al socialismo, no asegurado por el “derrumbe capitalista” sino la “subversión de la historia que el capitalismo hizo posible”, aceptando que en Argentina su punto de partida sería el peronismo, para “poder construir una alternativa socialista para la clase obrera sin automarginarse de un movimiento nacional que sigue siendo el espacio donde se refleja la unidad política de las grandes masas” (idea que funcionaba como bandera ideológica de Montoneros).


– Que por lo tanto, la “toma de conciencia” de las masas no será un proceso “pedagógico” como creía el comunismo argentino sino surgido “a partir de las luchas de una clase políticamente situada en un movimiento nacional y popular”, donde la tarea es “unificar los movimientos de lucha diversos” elaborando objetivos que sean “visualizables como comunes” para los distintos integrantes de esa unidad.


– Que el poder no se “toma” porque “no constituye una institución corpórea y singular de la que basta apoderarse” sino un sistema de relaciones “que es preciso subvertir en sus raíces” cuestionando el conjunto de sus instituciones, y por tanto dejando atrás el “modelo de la III Internacional”.


– Que se necesita por tanto una organización (“no importa la forma que adquiera su estructura organizativa”) capaz de realizar esa unificación y orientación pero “sólo desde el interior de un movimiento de masas que debe ser esencialmente autónomo, unitario y organizado”, y por tanto, ni los sindicatos por sus rasgos corporativistas, ni los partidos ubicados por fuera del “movimiento”. La formación de esa organización encuentra una posibilidad histórica, según plantean el segundo número de este año, con la unificación de Montoneros con las FAR: “sobre las espaldas de los peronistas revolucionarios recae la responsabilidad de que esa posibilidad [la del socialismo] no se frustre”, un peronismo que, según PyP, dado que sigue siendo el eje la fábrica, debe “profundizar su inserción en la clase trabajadora” sin “caer en el ultraizquierdismo” (así este número incluirá varios artículos sobre problemas como el control obrero).

Superar la “tradición” de la IIIº Internacional y la reivindicación del terreno ideológico como lugar suficiente de intervención política son las bases que muchos reivindican hoy como el aporte a seguir de la Nueva Izquierda contra la “izquierda tradicional” (18). En el caso de PyP esto será la apelación a Gramsci (paulatinamente vuelto contra Lenin) y la relación como consejeros ideológicos establecida con Montoneros. Pero lo que hoy parece tan claro para los apologistas de estas experiencias, parece haber sido un conflicto central para PyP: su largo “deambular”. La “organicidad” con el movimiento obrero y la constitución de una organización revolucionaria, fueron para PyP una disyuntiva planteada más por el espíritu de época que una decisión plenamente conciente, apreciable en sus vaivenes político-ideológicos. En el momento de mayor compromiso militante del grupo, Aricó y Portantiero pensaban la posibilidad de un partido revolucionario en la unión de Montoneros con las FAR y el sindicalismo cordobés. Leían en los conceptos de Gramsci de bloque histórico una manera de pensar al partido, de manera historicista, como resultado del proceso histórico que veían en esa unión, ilusionados en que por el propio curso de la revolución, a través de la Juventud Trabajadora Peronista se expresaría la vanguardia obrera y se fortalecería un curso “consejista”, cuando justamente la subordinación a las organizaciones con estrategia populista es la que trabó esa perspectiva.

La derrota rápidamente convirtió, para estos intelectuales, una estrategia equivocada en una tragedia de la que se salía no profundizando en la necesidad de una estrategia soviética, la independencia de clase, el derrocamiento de las instituciones burguesas o la necesidad de un partido, sino en el ataque al leninismo. Portantiero en el ‘75 redacta Los usos de Gramsci (publicado en el ’77), profundizando la crítica al modelo “insureccionalista” de Lenin y reivindicando a un Gramsci según el cual debía pasarse a una estrategia de “construcción de hegemonía” para aprovechar las crisis de las clases dominantes cuya dominación simplemente “se va disgregando, perdiendo apoyos” (Portantiero 1977). Aricó cínicamente reflexiona años después, habiendo dado apoyo ideológico a Alfonsín, que “el espacio más ideológico que político a secas que ocupamos no nos preservó de las equivocaciones: por el contrario, las potenció, porque faltaba un pie en tierra que permitiera transformar un razonamiento en una propuesta política […] Gramsci no nos liberó de Lenin, simplemente nos permitió tener de sus ideas una concepción más compleja, más abierta y adherente a su vertiente sovietista. […] En realidad, nos quedamos siempre a mitad de camino” (Aricó, 1988:79/80). Si en el ‘73 ésta diferenciación en base a su particular lectura de Gramsci encontraba algún sustento en su propuesta política, en el ‘88 sus lamentos republicanos lo ubican claramente del otro lado tanto de Lenin como de Gramsci. Para estos intelectuales que empezaron por un “Lenin más de las Tesis de Abril que de Materialismo y empiriocriticismo”, y terminaron en un Lenin “más de las Tesis de Abril que del ¿Qué Hacer?”, la lectura de Gramsci, considerado como “irreductible a Lenin”, útil para pensar “la forma de organización propias de las masas”, paulatinamente se fue convirtiendo en la teoría de la hegemonía por arriba en el Estado, y el “bloque histórico” pronto fue la alianza con el radicalismo a su vuelta a Argentina. Un Lenin más construido por la burguesía que el real. Un verdadero “abuso” de Gramsci.

III. Tradiciones

Tanto Contorno como PyP son parte de un período de proliferación de discusiones y grupos políticos que fue acompañada de una equivalente extensión de emprendimientos de crítica ideológica como revistas y editoriales, mostrando un amplio tapiz de posiciones e influencias que fueron objeto común de discusión por aquellos años (19). En ese contexto convulsivo, era la lucha de clases la que empujaba a sectores intelectuales a pensar su relación con la política y a tomar posición frente a ella, referenciándose en una u otra versión del marxismo (20). Los primeros, provenientes de la intelectualidad liberal dedicada a la crítica cultural, van girando a discusiones políticas y buscando distintas formas de intervención en ella, con Sartre como referente. Los segundos, expulsados del PC, van prestando mayor atención a la intervención política en tanto intelectuales, con Gramsci como referente. En ambas experiencias, la problemática de la relación entre su actividad intelectual y las masas llevaba a una discusión sobre la organización política en la cual insertarse para los objetivos buscados (21).

Los intelectuales reunidos en Contorno siguen distintos caminos después de la disolución de la revista. Alcalde, Rozitchner e Ismael Viñas militan esporádicamente en el MLN, según Rozitchner “los únicos en mantener desde esa perspectiva la idea de nación y de movimiento amplio, sin verticalismo”, pero el grupo se divide después del Cordobazo, que había mostrado la “ineficacia” de la izquierda para prever esa “espontaneidad” (22) (Rozitchner 1998). Aquel que mejor representante parece ser de las ideas contornistas, David Viñas, sin arrepentimientos, con la idea de que el intelectual permanece siempre sospechoso en relación a las masas, no le deja otra salida que ser en el mejor de los casos un “crítico” a la espera de que se modifique la situación en un futuro lejano, pero ajeno al proceso revolucionario. Después de la decepción frondicista, se mantendrá alejado del Estado y de cualquier perspectiva institucional, rescatando otras experiencias donde las masas fueron protagonistas, y tradiciones como la anarquista. Esta decepción quizá sea su fuerte para no caer en la justificación de lo existente a la que viraron muchos de sus compañeros de Contorno y sucesores de la Nueva Izquierda, aunque justifica por esa vía también la resignación permanente.

El desarrollo posterior y las lecturas actuales sobre PyP reivindican aquello que justamente constituyó su límite tanto en su intervención política en su momento como en la lectura posterior de sus desencantos, los cuales dieron paso a un abierto giro a derecha. Porque a diferencia de lo planteado por PyP, junto con la voluntad de lucha que no faltó a la clase obrera, hubo cuestionamientos a las direcciones sindicales en los denominados sindicatos “clasistas” opuestos a la conciliación de clases peronista y tendencias al “consejismo” en las llamadas Coordinadoras interfabriles de 1975 en lucha contra un gobierno peronista, es decir, un proceso cuya tendencia incipiente era la superación política del peronismo. El golpe llegó antes de (y su brutalidad fue para evitar) que la clase pudiera organizar los organismos a través de los cuales ejercer su hegemonía y el partido que pudiera dirigirla a la victoria, elementos de balance que ya desarrollamos en el número anterior de esta revista (Castillo, 2004). Pero la conclusión sacada por Aricó es que fueron “ciegas víctimas de una guerra civil en cierne” donde la democracia no tenía “partidarios ni custodios” (Aricó, 1988: 76). ¿Pensaría Aricó que eliminando discursivamente la “toma del poder” podía evitarse la guerra civil que una revolución supone? ¿La “larga marcha” de subversión de las instituciones no incluía acaso a la institución burguesa por excelencia, su democracia, que ahora lamenta?

Contorno y PyP encarnaron dos generaciones que al calor de los acontecimientos discutieron con aquellas tradiciones que las precedían y que dominaban el terreno ideológico en el cual se ubicaban ellos mismos. Para nosotros, en cambio, el combate con las ideas dominantes que buscan perpetuar las condiciones sociales, en todos los terrenos, debe ser una tarea conciente y sostenida aún contra la corriente, aquella que permita forjar una nueva generación de intelectuales marxistas que una su destino a un proyecto revolucionario. Lejos de las lecturas que ven en ser parte de una organización un “impedimento” al desarrollo intelectual, señalemos sólo que la “ortodoxia” leninista tan criticada señalaba la importancia de la lucha ideológica y del desarrollo de los fundamentos teóricos para forjar un partido revolucionario. Su base era la fusión entre la intelectualidad marxista y la vanguardia del movimiento obrero. Si no hubo una política en este sentido en la tradición de la izquierda revolucionaria de este período no fue por seguidismo al leninismo o trotskismo, sino justamente una adaptación a concepciones de tinte populista y movimientista. La crítica a la tradición nacional y a la nuestra propia es de vital importancia para no “comenzar de cero” cuando los nuevos fenómenos se forjen. Porque estar implicado en los “fines” no impide la tarea intelectual sino que la alimenta.

Ariane Díaz

BIBLIOGRAFÍA:

-Alcalde Ramón, 1955: “Imperialismo, cultura y literatura nacional” en Contorno Nº 5/6.
-Aricó José, 1963: “Pasado y Presente” en Pasado y Presente Nº 1 en www.arico.unc.edu.
-Aricó José, 1973: “La ‘larga marcha’ al socialismo en Argentina” en Pasado y Presente, nueva serie, Nº 1, abril-junio 1973.
-Aricó José, 1983: “América Latina: el destino se llama democracia”, entrevista de Horacio Crespo y Antonio Marimón, en www.arico.unc.edu.
-Aricó José, 1988: La cola del Diablo, Bs. As., Puntosur.
-Burgos Raúl, 2004: Los gramscianos argentinos, Bs. As., Siglo XXI.
-Castillo Christian, 2004: “Elementos para un ‘cuarto relato’ sobre el proceso revolucionario de los setenta y la dictadura militar” en Lucha de Clases Nº4.
-Cella Susana, 1999: “Panorama de la crítica” en Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, Vol. 10, Bs. As., Emecé.
Contorno s/f: versión digital del CEDINCI y la New York Univer-sity, s/f. Las fechas de Contorno apuntadas en esta edición están mal. Las de la revista en papel son: Nº 1, noviembre 1953; Nº 2, mayo 1954; Nº 3, septiembre 1954; Nº 4, diciembre 1954; Nº 5/6, septiembre 1955; Nº 7/8, julio 1956; Cuaderno de Contorno Nº 1, julio 1957; Cuaderno de Contorno Nº 2, febrero 1958 y Nº 9/10, abril 1959.
Contorno 1956: Editorial de Contorno Nº 7/8.
Contorno 1957: “Resollando por la herida” en Cuadernos de Contorno Nº 1.
-Croce Marcela, 1996: Contorno. Izquierda y proyecto cultural, Bs. As., Colihue.
-Croce Marcela, 2005: David Viñas, crítica de la razón polémica, Bs. As., Suricata.
-Giunta Andrea, 2001: Vanguardia, internacionalismo y política, Bs. As., Paidós.
-Gramsci Antonio, 1932: “La formación de los intelectuales” en Los intelectuales y la organización de la cultura, Bs. As., Nueva Visión, 2004.
-Jitrik Noé, 1955: “Los comunistas” en Contorno Nº 5/6.
-Kusch Rodolfo, 1954: “Inteligencia y barbarie” en Contorno Nº 3.
-Masotta Oscar, 1956: “Sur o el antiperonismo colonialista” en Contorno N° 7/8.
-Ocampo Victoria, 1955: “Verdad y ficción en el peronismo”, recopilado en Beatriz Sarlo, La batalla de las ideas, Bs. As., Ariel, 2001.
-Portantiero Juan Carlos, 1978, Los usos de Gramsci, Bs. As., Grijalbo, 1999.
-Rozitchner León, 1956: “Experiencia proletaria y experiencia burguesa” en Contorno Nº 7/8.
-Rozitchner León, 1959: “Un paso adelante, dos atrás” en Contorno Nº 9/10.
-Rozitchner León, 1998: entrevistado por Javier Trímboli en La izquierda en la Argentina, Bs. As., Manantial.
-Sartre Jean Paul, 1947: A puerta cerrada, Bs. As., Losada, 1996.
-Sebreli Juan José, 1953: “Los ‘martinfierristas’: su tiempo y el nuestro” en Contorno Nº 1.
-Troiani Osiris 1956: “Examen de conciencia” en Contorno Nº 7/8.
-Viñas David, 1954 a (con el seudónimo de J. Gorini): “Arlt y los comunistas” en Contorno Nº 2.
-Viñas David, 1954 b: “La historia excluida: ubicación de Martínez Estrada” en Contorno Nº 4.
-Viñas Ismael, 1953: “La traición de los hombres honestos” en Contorno Nº 1.
-Viñas Ismael 1956: “Miedos, complejos y malosentendidos” en Contorno Nº 7/8.
-Viñas Ismael, 1959: “Orden y progreso” en Contorno Nº 9/10.

NOTAS

*Esta nota fue originalmente publicada en la Revista Lucha de Clases Nº5.

(1) La “Nueva Izquierda” no fue sólo un fenómeno local sino internacional, derivado del proceso de “desestalinización” iniciado en los ’50, los procesos revolucionarios en la periferia, y profundizado con la decepción con las políticas del PC en los ’60, con epicentro en el Mayo Francés. El fenómeno es muy heterogéneo y probablemente la denominación común opaque importantes diferencias, pero señala un proceso que configura cierto “espíritu de época”.


(2) A decir verdad, también Sur asumía posiciones políticas, explícita en su cruzada anti-peronista. Lo que sí mantienen, y así lo hará notar Contorno, será el basamento de sus posiciones en verdades “universales” abstractas, típica ideología liberal que tras “valores universales” esconde sus más rancios intereses y prejuicios de clase.


(3) Relacionado con este tópico pero adoptando un sesgo propio derivaría también la apelación a “poner el cuerpo”, apreciable en David Viñas. Esta apelación servirá más tarde también para una crítica de la tradición, entrelaza con la relectura de la antinomia Calibán/ Ariel, mencionada al pasar en Contorno (Kusch y Viñas D. 1954b) pero que en los ’60 será un tópico recurrente. La antinomia en primera instancia estuvo articulada como la recuperación de la “espiritualidad latina” (es decir, europea) frente al materialismo económico yanqui. Pero fue virando hacia los ’60 a una reivindicación de la “materialidad” ya no en términos de interés económico sino como reivindicación de la realidad “atrasada, bárbara, vital” de los pueblos latinoamericanos, asumida positivamente frente a los valores “espirituales” de progreso y civilización impuestas por los países centrales.


(4) Dice de los “elementos progresistas” con los que se identifica: “recibieron la revolución de setiembre como una apertura hacia nuevas posibilidades. No tenían excesivas esperanzas, pues era evidente la presencia de fuerzas reaccionarias en la revolución y el Ejército tiene una tradición deplorable en toda Sudamérica […] Sin embargo, las declaraciones y actitudes de ese Ejército fueron alentadoras” (Viñas I. 1956). La acertada aunque obvia percepción de las fuerzas reaccionarias involucradas no sirve en su defensa sino que resalta más la ubicación ciertamente derechista del autor.


(5) Sin embargo, el mayor acercamiento al peronismo que el texto de Masotta parece estar reclamando tampoco encontrará ningún planteamiento concreto en su nota ni en la posterior trayectoria del mismo.


(6) Hay en Marcela Croce un planteo interesante respecto a cómo se figuraban los contornistas sus ubicaciones políticas: frente al argumento de Ismael Viñas de que “la opinión política del país no se agota ni mucho menos en los partidos políticos”, Croce aducirá que “Contorno, con su propuesta de ‘izquierda nacional’ se erige en una alternativa simétrica […] al gorilismo en tanto actitud que atraviesa los partidos y se impone indistintamente al interior de ellos” (Croce, 1996: 162).


(7) Como había sido la discusión sobre Arlt (Viñas D. 1954a), las críticas de Jitrik al naturalismo stalinista en el Nº 5/6, e incluso la reivindicación de Trotsky por parte de Alcalde contra los planteos de algunos originarios “trotskistas” como Abelardo Ramos (Jitrik y Alcalde, 1955).


(8) Marcela Croce en su análisis de Contorno cita que el Sartre adoptado a partir de Merleu Ponty permitía una alternativa entre “la revolución pura, desnuda e ineficaz del intelectual” y “la adhesión al movimiento de la historia tal como es, encarnada por el PC” (Croce 1996). En su último libro (Croce, 2005) filia este problema para David Viñas con planteos de Gramsci, Lenin, Lukács y Trotsky, desdibujando la impronta sartreana que es la que predomina en Contorno, donde las referencias a estos autores sólo aparecen de pasada. Sin duda tomar alguno de éstos hubiera sido productivo para una versión más histórica y menos psicológica de las ubicaciones intelectuales, pero ni aún la referencia de Gramsci en torno a este problema será una clara alternativa para quienes lo citaban ni para otros contornistas como David Viñas. Éste usa actualmente la idea de intelectual orgánico para explicar las ligazones con posiciones burguesas, pero encuentra el mismo problema que marcaba Contorno cuando se trata de pensar el intelectual orgánico al proletariado (o al pueblo, en sus términos), en su procedencia de clase. Lo que en estos marxistas, aún con sus grandes diferencias, podía darse en el partido de la clase, para Viñas no es una opción. Así, el intelectual crítico del que habla sigue pareciéndose mucho al comprometido o crítico, en versiones más modernas, más que al gramsciano o leninista.

(9) Es el caso de Alcalde como ministro de Educación en Santa Fe. No era el primero en conseguir cargo: durante la Libertadora, Ismael Viñas fue Secretario de la UBA durante la intervención de J. L. Romero y, según Rozitchner, Director de Cultura en el período frondicista, aunque poco tiempo (Rozitchner, 1998).

(10) Además de sus “desviaciones” teóricas, sin mencionar que el internacionalismo no era para él más que un eco del pasado, el PC había sido parte del bloque anti-peronista, lo que podría hacer más concretas las críticas políticas, que Contorno no puede realizar, sin embargo, con mucha autoridad.

(11) Siguiendo los zigzags del PCUS el PC argentino ya había desperdiciado y traicionado la importante tradición revolucionaria del movimiento argentino, que de origen anarquista iba paulatinamente girando a ideas socialistas hacia los ’30. Esta política del PC colaboró con el pasaje que en los ’40 se produce hacia el peronismo.


(12) Aquí tomaremos más la influencia que tuvo PyP, pero debe tenerse en cuenta que la definición de qué fue PyP es problemática. Burgos señala usando varias entrevistas que definir la “identidad” de PyP como agrupamiento o espacio político es conflictivo aún para sus integrantes, que se desdicen entre sí (Burgos, 2004:14).


(13) Gramsci había analizado el desarrollo y diferentes tipos de intelectuales en estrecha relación con los intereses y el desarrollo de las clases. Diferenciaba así los tradicionales, “categorías intelectuales preexistentes y que además aparecían como representantes de una continuidad histórica no interrumpida” (base de una mentada “autonomía”); de los orgánicos, “que cada nueva clase crea junto a ella […] ‘especializaciones’ de aspectos parciales de la actividad primitiva del tipo social nuevo” (Gramsci, 1932:10/1).


(14) Algunos de los autores editados serán: Colleti, Della Volpe, Hobswawn, Lukács, Gorz, Sartre, el Che y Henrique Cardoso.


(15) Para Aricó ese liberalismo era un derivado del afán de “autonomía cultural y política” para posicionarse frente a la “prevista descomposición del peronismo que seguiría a su caída” pero que supuso una “continuidad ideal” con la liberal “tradición de mayo” oficial (Aricó 1988:55). Los balances de Aricó del PC parecen ser épicos cuando se trata de discusiones teóricas, pero muy poco sustanciosos cuando se trata de política.


(16) Otto Vargas en la página electrónica del PCR menciona a Aricó entre otros como “compañeros” cercanos en la fundación del partido. Burgos hace hincapié en la negativa del mismo a aceptar un lugar en él. En todo caso, la existencia de tal propuesta marca una proximidad cierta.


(17) De los títulos editados también puede verse la influencia estructuralista, políticamente relacionada al maoísmo. Un ejemplo es el Cuaderno N°4 publicando y prologando a Althusser. También en las “Cátedras marxistas” Portantiero tomaría a este autor. Los libros, revista en cuya publicación estuvo involucrado Schmucler (continuada por Sarlo y Altamirano después de escisiones internas), estaba definida con referencias estructuralistas-maoístas. También entre los contornistas cierto estructuralismo cobró peso hacia los ’60, aunque fuera un estructuralismo diferenciado del anti-humanismo althusseriano. Tal es el caso de Goldmann en David Viñas. En ambas revistas, ello parece responder a la búsqueda de diferenciación con el stalinismo. Cella plantea que por aquellos años, la anti-autonomía literaria defendida en la crítica cultural no era menor que el anti-stalinismo, lo que funcionó de base para la difusión del estructuralismo francés, que permitía un análisis relacional entre literatura y sociedad, pero no de traslación mecánica sino “indagando” en las leyes del propio texto (Cella, 1999: 47).


(18) Tal es la lectura de los mismos integrantes de PyP, de sus posteriores socios de Punto de Vista en los ’80 en el Club de Cultura Socialista, o los comentadores actuales como Burgos y Tarcus (quien además extiende esta “tradición” a algunos representantes del trotskismo de aquellos años). Así como, cuando uno lee los inventarios y balances de las empresas, sabe que están diseñados para evadir y ocultar sus beneficios, de los inventarios más o menos completos de estos comentadores a uno le queda la sensación de que el balance también “está dibujado”.


(19) En el terreno más estrictamente del arte, un proceso que puede considerarse paralelo son los cuestionamientos surgidos en el Instituto Di Tella (donde por otro lado participaría Masotta) por los sectores que comienzan a trabajar en conjunto con, por ejemplo, la CGTA (ver Giunta 2001).


(20) En el caso de PyP, el “dejarse llevar” a izquierda no encontró contrapeso cuando los aires viraron a derecha. Las lecturas actuales parecen querer profundizar este camino con conclusiones aún más a la derecha (como el destacado machartismo de Tarcus), anclados en una separación entre intelectuales y política que se ha constituido en “sentido común” durante 20 años de democracia burguesa, influenciado por teorías que han puesto el eje en la “autonomía” de la intelectualidad. ¿Cambiarán esta flecha los cambios producidos en los últimos años a nivel internacional y nacional? La proliferación a nivel nacional de revistas y libros desde el 2002 hasta acá sobre el problema de la intelectualidad parecen mostrar esa posibilidad, pero ya sería tema de otra nota.


(21) ¿Podía en este contexto el trotskismo convertirse en alternativa, al menos como polo ideológico a tener en cuenta? La respuesta probablemente es no, dadas sus escasas fuerzas objetivas y lo a contramano de sus ideas que se desarrollaban las discusiones en el terreno internacional por la influencia de estrategias populistas a partir de revoluciones en la periferia, que volvieron a dejar al trotskismo en una ubicación marginal. A ello debería agregarse, claro, una crítica de las políticas de las corrientes trotskistas de la época, en buena medida de adaptación a esas estrategias. Pero cabe destacar que durante los ’50, con revoluciones como las de Hungría o Bolivia y el proceso de “desestalinización” iniciado, el trotskismo parecía poder constituirse en alternativa. Ecos de ello pueden considerarse las anotaciones de Contorno en los ’50 que luego desaparecen en PyP aunque ésta haya buscado respuestas más directamente dentro del campo marxista a planteos de Contorno. Si lo que estaba planteado era una ruptura con el stalinismo y, como Ismael Viñas anota, el trotskismo había logrado cierta influencia, la pregunta para Argentina no está demás. El trotskismo argentino tenía buenas puntas para una discusión nacional no “nacionalista”, además de una perspectiva política para la revolución en la periferia que fue la preocupación de muchos contornistas posterioriormente. Pero en los desarrollos de los contornistas que se mantuvieron a izquierda, no encontraremos esta referencia. En el caso de PyP, pensar el consejismo o sovietismo y poner el eje en la clase obrera no parecía permitir ignorar los planteos de Trotsky. Sin embargo, el referente elegido fue Gramsci, una figura marxista sin tradición local. Algo de esto podría responder a prejuicios no abandonados de su procedencia stalinista (con la cual no desarrollaron una ruptura en términos políticos sino más bien ideológicos), pero en mayor medida responde a estas coordenadas generales.


(22) Aunque comparte esta visión con otros (la mayoría) intelectuales ex–izquierdistas, desconfía de la idea de “democracia” a secas.

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