por Analía Capdevila

(Universidad Nacional de Rosario)

el interpretador “realismos 5”, número 27: junio 2006

Sobre las figuraciones de la violencia política en Los siete locos Los Lanzallamas

 

Es innegable que hay en esta novela de Arlt una fuerte percepción del presente como tiempo histórico. Porque la realidad allí representada no es tanto la de “lo cotidiano sin hazaña” (Blanchot), propio de cierta corriente de la novela moderna, en la que se tiende a reducir la dimensión épica de lo real —recurso que, llevado al límite, caracteriza según Arlt al “realismo de la medianía”(1)—, sino más bien, la de la Historia con mayúsculas, en la que los períodos de tiempo se miden a largo plazo. Tal como él mismo lo formula en el aguafuerte que escribe en el diario El mundo para promocionar Los siete locos, el proyecto novelístico de Arlt se encuentra íntimamente ligado a su tiempo, pero su tiempo no es tanto el presente inmediato como un horizonte de tipo epocal, en el que los grandes acontecimiento de la Historia inauguran etapas de largo alcance. Así, los personajes del ciclo son presentados por Arlt como el emergente de circunstancias históricas concretas, correspondientes a la posguerra, los atribulados años posteriores a la Primera Guerra Mundial. Para el novelista, Erdosain, Barsut o el Rufián Melancólico son “individuos canallas y tristes”, “viles soñadores”, que “están atados o ligados entre sí, por la desesperación”. “La desesperación en ellos —aclara Arlt— está originada, más que por la pobreza material, por otro factor: la desorientación que, después de la gran guerra, ha revolucionado la conciencia de los hombres, dejándolos vacíos de ideales y esperanzas.” (Mi subrayado) “Hombres y mujeres en la novela —continúa— rechazan el presente y la civilización, tal cual está organizada. Odian esta civilización. Quisieran creer en algo, arrodillarse ante algo, amar a algo; pero, para ellos, ese don de fe, la ‘gracia’ como dicen los católicos, les está negada. Aunque quieren creer, no pueden. Como se ve —concluye Arlt— la angustia de estos hombres nace de su esterilidad interior. Son individuos y mujeres de esta ciudad, a quienes yo he conocido.” Y más adelante, cuando se refiere concretamente al proyecto del Astrólogo: “La organización de la sociedad secreta, aunque parezca un absurdo, no lo es. Hace quince días, telegramas publicados en distintos diarios, dieron noticias de la detención en Estados Unidos de los miembros de una sociedad secreta que se llamaba ‘La orden del gran sello’. Los propósitos de los sujetos afiliados a esta sociedad, eran idénticos a los que se atribuyen a los personajes de mi novela. Es decir, que no he hecho nada más que reproducir un estado de anarquismo misterioso latente en el seno de todo desorientado y locoide.”(2)

Las citas son interesantes, en principio, por lo que en ellas se plantea sobre el problema de la representación: un mínimo de distancia del escritor en relación al objeto asegura el valor de verdad propio de lo particular —”Son individuos y mujeres de esta ciudad, a quienes yo he conocido” —dice Arlt—. Pero, también, un máximo de separación se convierte al mismo tiempo en el grado más alto de generalidad al que puede aspirar el escritor —”no he hecho nada más que reproducir unestado de anarquismo misterioso latente en el seno de tododesorientado y locoide”— (Mi subrayado). La perspectiva tomada por el novelista, entonces, garante de la “veracidad” de la ficción, supone una cierta amplitud referencial, un distanciamiento propiciado por el mismo Arlt que parte de lo particular (esos individuos que dice conocer personalmente) para llegar a lo general (ese sentimiento social que los caracteriza y al que Arlt llama “anarquismo desorientado y locoide”). Es esa desorientación la que se intentará referir en la novela como signo de “el espíritu de una época”, o, para decirlo en otros términos, el “clima afectivo” o “el contexto emocional” de esos tiempos de crisis en los que, según la percepción histórica (y la sensibilidad artística) de Arlt, “todo se vuelve posible”. Un tiempo en el que un cambio fundamental en el rumbo de la historia puede pensarse no sólo como factible, sino también como inminente. Tal la ambición del novelista: capturar —y reproducir— un estado “subjetivo” (más que un orden fáctico) de la Historia (3).

Es por eso, tal vez, que Arlt se niega en ocasiones a resaltar algunas coincidencias de su ficción con la realidad más cercana, como cuando en “La farsa” desestima las similitudes entre el discurso del Mayor y las proclamas militares del golpe del 30. En esa famosa nota al pie del autor pueden reconocerse dos actitudes diferentes: por un lado, Arlt recusa la mímesis simple y directa que deriva la literatura (la ficción) de la realidad: “Esta novela —aclara— fue escrita en los años 28 y 29 y editada por la editorial Rosso, en el mes de octubre de 1929. Sería irrisorio entonces, creer que las manifestaciones del Mayor han sidosugeridas por el movimiento revolucionario del 6 de setiembre de 1930.” (Mi subrayado) Pero por otro, Arlt mismo plantea la posibilidad de que existan otras coincidencias, que no son más que anticipaciones de la ficción sobre la realidad: “Indudablemente, resulta curioso que las declaraciones de los revolucionarios del 6 de setiembre coincidan con tanta exactitud con aquéllas que hace el Mayor y cuyo desarrollo confirman numerosos sucesos acaecidos después del 6 de setiembre.” (223; mi subrayado)(4)

En suma: Arlt impugna en principio el poder de inspiración de la realidad cercana —por llamarlo de algún modo—, que reduciría la literatura a un ejercicio de mera copia, para destacar el poder sugestivo de la ficción, sus virtudes adivinatorias respecto de los hechos efectivamente ocurridos, que no hacen más que confirmar lo que allí se había anticipado. Y es que para el novelista, la cuestión no es tanto presagiar un hecho puntual de un futuro próximo, como el de percibir de la realidad sus “fuerzas subyacentes” (Amícola), descubrir sus “leyes de funcionamiento generales” (Piglia), de tal modo que sea posible indicar probables “direcciones de desarrollo” (Aira). Cada vez que lo cree necesario, Arlt propicia un anclaje en la realidad que justifique y fundamente su realismo, pero también, y al mismo tiempo, promueve un alejamiento de esa misma realidad que le deje un margen de invención desde el cual se pueda, siempre tentando los límites mismos del realismo, ir un poco más allá.

Los extremos alcanzados por Arlt en ese desplazamiento de fronteras dan la amplitud aproximada de su proyecto novelístico. Desde un primer momento, el escritor intenta convertir la cuestión social, tal como era pensada y percibida en su época, en materia novelesca. La revolución comunista y la guerra mundial resultaban dos acontecimientos insoslayables de la historia reciente. Pero ¿qué representación se propone de ellos en Los siete locos – Los Lanzallamas? La hipótesis de este trabajo es que Arlt ofrece una imagen en algún sentido extemporánea de estos sucesos, una imagen cuyo anacronismo, garantizado paradójicamente por su fuerte recalada en el presente, le asegura un poder de proyección a la realidad representada, propio de todo gran realismo. Una visión que acentúa, exagera o intensifica algunos datos de la realidad, datos que la imaginación extremista de Arlt dispara —bajo la forma de la fantasía o de la alucinación—, hacia un tiempo que no es el del presente puro. Tal el carácter visionario de sus novelas, que creemos se diferencia de lo que la crítica a destacado como “poder de predicción”, “naturaleza profética” o “capacidad de anunciación”(5).

Instalado en las grandes coordenadas de su tiempo, para Arlt, el problema en esta novela parece haber sido, en principio, cómo hacer ficción con la “cuestión social”. Para lo cual recurrió al imaginario político de su época —una época convulsionada y particularmente confusa—, del que tomó contenidos diversos: desde temas y motivos, hasta ideas y posiciones ideológicas. La lucha de clases, por ejemplo, un motivo central dentro del tema de la revolución social, tema casi excluyente luego del triunfo de la Revolución Rusa de 1917, es recurrente en Los siete locos – Los Lanzallamas, no sólo en el discurso de los personajes, sino también en las fantasías que casi todos ellos imaginan.

Es cierto que Arlt tomó este motivo de la teoría política, de la que era un asiduo lector —el pensamiento de autores como Bakunin, Lenin y Kropotkin han influido en su obra, así como también las ideas de George Sorel—, pero para transformarlo desde el comienzo en delirio discursivo. Es en el registro del delirio, que no es el simple disparate, aunque algo de él también está presente, en el que el Astrólogo discute con los miembros de la sociedad secreta acerca de la posibilidad de un cambio de rumbo en la sociedad a través del enfrentamiento entre las clases. Pero enseguida, casi sin solución de continuidad, el contenido de ese motivo se transforma en las tribulaciones de Erdosain, disparadas por el discurso del Astrólogo, en una imagen literal de ese enfrentamiento. La lucha de clases se convierte, entonces, por vía de la fantasía paranoica de Remo, en la persecución de los ricos a los pobres —una imagen teñida de cierto anacronismo, que supone cierta vuelta a un estado de esclavitud pasado(6)—: “En esas circunstancias [ Erdosain] compaginaba insensateces. Llegó a imaginarse que los ricos, aburridos de escuchar las quejas de los miserables, construyeron jaulones tremendos que arrastraban cuadrillas de caballo. Verdugos escogidos por su fortaleza cazaban a los tristes con lazo de acogotar perro, llegándole a ser visible cierta escena: una madre, alta y desmenelada, corría tras el jaulón de donde, entre los barrotes, la llamaba su hijo tuerto, hasta que un ‘perrero’, aburrido de oírla gritar, la desmayó a fuerza de golpes en la cabeza, con el mango del lazo” (121).

Hay en esta imagen un movimiento, un crescendo. De un primer nivel de generalidad, que consiste en tomar literalmente la lucha de clases como enfrentamiento real (los ricos contra los pobres), se asciende rápidamente en la figuración de la violencia hacia una imagen que parece alcanzar su grado más alto de potencia simbólica (los ricos que, cansados de los reclamos de los pobres, los hacen perseguir para encerrarlos como si fueran perros), para pasar luego a la escena en la que, ya en el orden de lo particular, cuando no lo creíamos posible, se reduplica la violencia de aquel primer nivel de representación con la irrupción del horror (la madre que persigue a su hijo tuerto, encerrado en un jaulón). El punctum de la imagen es allí la condición de tuerto del hijo, el exceso del detalle en que se condensa todo un campo de significaciones. En su conjunto, la imagen es la exacerbación alucinada de un estado de represión brutal que, aunque extemporáneo, no deja de mostrar algo del orden de la realidad. La cacería está motivada por los reclamos de los que menos tienen.

En este punto, es imposible no pensar en las Reflexiones sobre la violencia de George Sorel. En principio, Arlt retoma —sobre todo a través del discurso del Astrólogo— ciertos momentos del pensamiento de Sorel: concretamente, una teoría de los mitos como motor de la revolución y la violencia como instrumento necesario. Pero hay, creemos, una afinidad tal vez más profunda entre ambos autores, que tiene que ver con una actitud o con un gesto —una posición política tomada— cuyo punto de partida es el siguiente: la función de la violencia es llevar las condiciones de la realidad hasta el límite de lo posible en un determinado momento. Tanto en Sorel como en Arlt se juega una suerte de sinceramiento de lo que se consideran las leyes de funcionamiento de la sociedad capitalista, que además de ser lo que es, debe también parecerlo. En ese sentido, la burguesía y el proletariado en tanto clases sociales enfrentadas tienen que emplear para la lucha, con todo el rigor, el potencial que poseen. “Mientras más ardientemente capitalista sea la burguesía, más vigoroso será el espíritu guerrero del proletariado y más fuerte su confianza en la fuerza revolucionaria: con ello se asegurará mejor el movimiento [ de la historia] .” Para Sorel —y también para Arlt—, la violencia franca termina con la indeterminación del conflicto de clases: se trata de una guerra de intereses. De allí que se convierta en el motor de la historia: “la lucha que es violencia determina y dirige el porvenir del mundo”(7). Arlt llega a la figuración de esa idea de la lucha de clases a partir de la postulación de Sorel —la violencia carece de valor histórico si no se presenta como “la expresión brutal y clara de la lucha de clases”—, convirtiéndola en imagen, llevando al extremo un desarrollo posible de lo contenido en esa misma idea. Esto es, para Arlt, literalizar el motivo de la lucha de clases hasta las últimas consecuencias, hasta el máximo de lo posible, un paso más allá, sólo un paso más, de lo probable. Todo según un ritmo de la imaginación que no es más que el ritmo apresurado de su escritura, al que él mismo hubiera llamado furor.

Pero éste no es un límite en la imaginación de los personajes. De la lucha de clases como enfrentamiento brutal se puede pasar, en la fantasía delirante del Astrólogo, a la imagen del terrorismo generalizado. Entre una y otra hay toda una gradación en las figuraciones de la violencia política, una escala en la intensidad de las imágenes y no sólo eso, hay también una variación de los términos conceptuales que entran en juego en cada una de ellas y que remiten a la idea “original”, ahora transformada en otra cosa. “El movimiento revolucionario —dice el Astrólogo— estallará a la misma hora en todos los pueblos de la República. Asaltaremos a los cuarteles. Comenzaremos por fusilar a todos los que puedan alborotar un poco. En la capital se lanzarán días antes algunos kilogramos de tifus exantemático y de peste bubónica. Por medio de aeroplanos y en la noche. Cada célula inmediata a la capital cortará los rieles del ferrocarril. No dejaremos entrar ni salir trenes. Dominada la cabeza, suprimido el telégrafo, fusilados los jefes, el poder es nuestro. Todo esto es una locura posible (…) es necesario sólo voluntad y dinero… Podemos organizar aparte de las células una gavilla de asesinos y de asaltantes. ¿De cuántos aeroplanos dispondrá el ejército? Pero cortados los medios de comunicación, asaltados los cuarteles, fusilados los jefes, ¿quién mueve ese mecanismo? Éste es un país de bestias. Hay que fusilar. Es lo indispensable. Sólo sembrando el terror nos respetarán (…) Diez hombres pueden atemorizar a una población de diez mil persona. Basta que tengan una ametralladora (…) con diez hombres nos podemos apoderar de un cuartel de mil soldados siempre que tengamos una ametralladora. Es tan fácil eso (…) Sólo sorpresa simultánea en todo el país, diez hombres por pueblo y la Argentina es nuestra…” (287)

La imaginación febril y apresurada del Astrólogo nos entrega una imagen, hoy en día ya no tan inverosímil, en la que la lucha de clases, que para el personaje es la lucha por la toma del poder, consiste ahora en el ataque sorpresivo en cualquier momento y en cualquier parte, o lo que es lo mismo, en todo momento y en todas partes: algo parecido al terrorismo global. Del plan del Astrólogo tal como lo expone en la cita es posible inferir una lógica del terror no denunciada por Arlt en nombre de ningún humanismo —otra coincidencia con Sorel—, y que, si aparece como denuncia, en todo caso, se manifiesta como cinismo o hipocresía. Una fantasía de exterminio total, sustentada sobre la indiscriminación del enemigo —todos pueden potencialmente ser la víctima—, la importancia del factor sorpresa —”El movimiento revolucionario estallará a la misma hora en todos los pueblos de la República”—, el empleo de armas no convencionales —”En la capital se lanzarán días antes algunos kilogramos de tifus exantemático y de peste bubónica”— y la eficacia de lo que se llama “la propaganda por la acción”, el valor ejemplar y ejemplificador de un hecho —en este caso, los fusilamientos, de los que el Astrólogo varias veces en la novela destaca su carácter escénico y su belleza visual(8).

Esto en lo que hace a un nivel de representación evidente o superficial, pero en un nivel un poco más profundo, lo que se muestra en la fantasía del Astrólogo es, precisamente, la esencia misma de todo acto terrorista, tal como se lo concibe en el imaginario social del presente. Por un lado, el terrorismo como puesta en escena de la violencia, la violencia que deviene espectáculo de destrucción —los aeroplanos sembrando en las ciudades bacilos de peste bubónica—. Por otro lado, la desproporción aparente que en este tipo de acto de violencia se establece entre medios y fines; desproporción de la que resulta todo su potencial imaginario, pura potencia de destrucción. Hay allí en juego una economía peligrosa: parece que sólo bastan un puñado de voluntades decididas a todo según una moral del sacrificio —”la vida humana vale menos que la de un perro —sentencia el Astrólogo—, si para imprimir un nuevo rumbo a la sociedad hay que destruir esa vida”— y la audacia propia de alguien grande, verdaderamente grande, capaz de disponer, para concretar sus ideales destructivos, de medios que están al alcance de cualquiera. Una desmesurada práctica del terror basada en el uso regulado de la violencia destructiva, a la que Erdosain le encuentra un nombre preciso: “economía satánica”.

Hasta aquí los ejemplos. Para terminar —y concluir—, sólo quiero indicar el movimiento (virtual, hipotético) sobre el que se fundamenta el realismo visionario de Arlt. A medida que se avanza en la trama de la novela es posible reconocer algo así como una transformación de la idea —y hay que reconocer la fascinación de Arlt por las ideas extremas o extremistas como las de Sorel—, un devenir de la idea en imagen, en algo que se puede ver Arlt es muy consciente de la eficacia simbólica de algunas ideas, dada por su dimensión estética— y de la imagen en visión (una descripción alucinada de la realidad en la que un aspecto —oculto o inédito, pero esencial— se hace evidente). Allí reside para nosotros lo visionario del realismo de Arlt, basado, como se vio, en la extemporaneidad de esas imágenes, proyectadas en el tiempo hacia atrás o hacia delante para promover el anacronismo. Porque es a partir de esas visiones, que no dejan de referirse a la actualidad de la que dan cuenta en los continuos destiempos que postulan sobre ella, que se descubren posibles proyecciones de la realidad del presente. Y es que el anacronismo, para Arlt, aunque parezca paradójico, es lo que “pone en hora” al realismo y lo proyecta hacia el porvenir.

NOTAS

(1) El término es de Arlt pero se corresponde con la caracterización que Lukács hace del naturalismo separándolo del “gran realismo”, cuyo máximo exponente y modelo es, como se sabe, Balzac. Cfr. Los Ensayos sobre el realismo de Georg Lukács y las aguafuertes de Arlt sobre la novela en Aguafuertes porteñas: cultura y política. Losada Buenos Aires, 1994. Prólogo de Sylvia Saítta.

(2) “Los siete locos”, en Las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt; Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1981. Publicada en El Mundo el 27/11/1929 y recopilada por Daniel C. Scroggins.

(3) Arlt retomaría con este cometido la vocación de totalidad del realismo clásico —dar testimonio de una época—, típica de los grandes novelistas como Balzac, Sthendal y Flaubert, de quien admira, tal como lo reconoce en el prólogo a Los Lanzallamas, sus “panorámicos lienzos”.

(4) Obras completas; Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1981. Todas las citas de este trabajo pertenecen a esa edición, de la que se indica entre paréntesis el número de página. Para una lectura de esta misma nota cfr. Jarkowski, Aníbal: “La colección Arlt: modelos para cada temporada” y Gilman, Claudia: “Los siete locos. La novela sospechosa de Roberto Arlt”, en Cuadernos Hispanoamericanos. Los complementarios Nº 11. Dedicado a Roberto Arlt, Madrid, 1993; también Gramuglio, María Teresa: “Posiciones, transformaciones y debates en la literatura”, en Nueva Historia Argentina, Tomo VII, Sudamericana, Buenos Aires, 2001.

(5) Para este aspecto de la novelística de Arlt Cf. Piglia, Ricardo: “La lección del maestro” en Clarín. Cultura y Nación, 23 de julio, Buenos Aires, 1981; Amícola, José: Astrología y fascismo en la obra de Roberto Arlt; Weimar, Buenos Aires, 1984; Sarlo, Beatriz: La imaginación técnica. Sueños modernos de la cultura argentina; Nueva Visión, Buenos Aires, 1992; y también, González, Horacio: “El problema de las literaturas de anunciación”, en Nombres. Revista de Filosofía; Córdoba, Año IX, setiembre 1999.

(6) Luis Thonis habla de la extraña utopía propuesta por el Astrólogo en cuyo discurso se imagina el futuro de una sociedad perfecta reproduciendo “lo ya escrito en la historia, donde coexisten la memoria ‘nueva’ de las revoluciones a las formas más brutales de esclavitud”. En “Roberto Arlt y el cero imperativo. androginia, unisexualidad, terror”; Tokonoma Nº 4, Buenos Aires, octubre 1996.

(7) Reflexiones sobre la violencia, Actualidad, Montevideo, 1961.

(8) En términos generales, la “propaganda por la acción” supone una política del terror que considera el valor estimulante que los actos terroristas tienen, según los ideólogos del anarquismo, para el conjunto de la sociedad. Así lo manifiesta con claridad el Mayor: “Un atentado que tiene mediano éxito despierta todas las conciencias oscuras y feroces de la sociedad”. (224)

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